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Columna

Publicado el 04-12-2004   enviar imprimir
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David Alberto  Muñoz

El odio

David Alberto Muñoz
Ellos son mejores que nosotros
Un cuento de adeveras

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Estaba sentado frente al escritorio que la santa inquisición académica le

había asignado. Esa sagrada institución poseedora del patrimonio humano,

electa por el dios de la sabiduría, como representante en la tierra de una

verdad completamente subjetiva. Lugar donde se sientan los reyes del saber,

los príncipes del conocimiento. Seres que de acuerdo con ellos nunca se

equivocan.



Tosía levemente. En los últimos días había estado muy cansado. Había tanto

trabajo y al menos para él, le parecía que entre más viejo era, el tiempo

se iba con mayor rapidez. La velocidad de la vida muchas veces lo orillaba

a no querer dormir. Deseaba aprovechar cada segundo que por azares del

destino, o voluntad divina, había conseguido dentro de esta absurda experiencia

humana.



Sus ojos leían atentamente el libro que hace solamente dos días, le había

llegado como desk copy para su lectura personal.



--- ¡Pocho!



--- ¿Qué quieres que haga?



--- ¡Que no seas pocho, que hables español decentemente!



--- Go to hell!



Elevaba los ojos cada cinco segundos y se rascaba la cabeza casi con

desesperación.

De cuando en cuando llegaban algunos de sus colegas y le platicaban cualquier

pendejada que él atendía con mucho gusto, claro, con la mirada puesta en

lo vano que puede ser la vida. Muchas veces no escuchaba, cerraba sus oídos

mientras las palabras de sus compañeros sonaban a metralleta disparada en

la guerra de Irak. Lograba curiosamente perderse entre las palabras y su

propio pensamiento. Acudía a la mentalidad del Tao, hacer lo menos posible

para lograr no tener preocupaciones.



Se le antojó un cigarro. Revisó sus bolsillos para ver si todavía tenía

el paquete que había comprado la noche anterior cuando se había detenido

a beber unas copas en ese bar de mala muerte que tanto le gustaba.



Sintió un gran alivio cuando sus manos sintieron el paquete de cigarros.

Eran Malboro Lights, como los que le gustaban a su amigo. En ese preciso

momento pensó en el daño que él mismo se estaba produciendo.



--- Dios me libre, por eso no voy a ver al doctor.



Estaba rodeado de libros, papeles, engrapadoras, discos de computadora,

lápices, aerosoles para limpiar la pantalla de su computadora; su escritorio

era una verdadera selva, ni él mismo sabía que había frente a él. Sin embargo,

se le antojaba verse importante. Cuando sus estudiantes llegaban, todos

volteaban a ver su cubículo moderno, las fotografías de su familia, sus

amigos, sus diplomas, los recuerdos que había comprado en el otro lado del

mundo; era un espacio personal en medio de un castillo donde muchas veces

se sentía atrapado.



Aquel día, las palabras que estaba leyendo lo
habían conmovido. Eran los

testimonios de los sobrevivientes del Holocausto. Personas que realmente

habían sufrido mientras que él se quejaba que sus compañeros hispanos no

podían unirse para tener un frente unido. Tan sólo el imaginar que alguien

pudiera entrar en su casa y separarlo de su hija sin él poder hacer nada,

era algo que no podía comprender.



--- Imagínate durante la época de la esclavitud. Que fueras con tu mujer

y tus hijos, y que de repente te quitaran a tus retoños, así nada más, con

esa estúpida prepotencia que todavía no logran borrar. Y lo pero de todo,

no poder hacer nada.



--- Es el odio humano compadre. Lo que destruye a la humanidad no son

ideologías,

ni religiones, ni propuestas distintas. Si lo vemos todo como es, es simplemente

el pinche odio humano. No importa de donde venga, de la derecha, de la

izquierda, del este, del oeste, de los religiosos, de los ateos, los humanos

nos odiamos con todo el corazón, y yo no logro entender por qué.



--- Es que todos somos muy egoístas compadre. Imagínese nada más, vivimos

sin pedirlo, sin entender el significado de la vida; un día descubrimos

que en la torre, estamos vivos. Cuántos de nosotros no le hemos dicho a

nuestros padres, yo no pedí nacer. Y si las cosas no salen bien, como sucede

por regla general, pues no amargamos y nos hundimos en una aberración al

mundo, a la vida, al único regalo que realmente poseemos.



Imágenes de sufrimiento vinieron a su mente. Seres humanos cuya vida fue

destruida por los intereses de otra nación. Niños que fueron masacrados

por vanas ideología religiosas. Mujeres violadas por el fantasma de la

guerra, cuyo grito no fue escuchado por sus vecinos. Hombres que fueron

acribillados a balazos por las miradas condescendientes de seres que dicen

entender que muchas veces hay que sacrificar a la gente.



Es el odio, simplemente el maldito odio humano. ¿Por qué nos odiamos tanto?

¿Por qué no podemos permitir que el otro viva tranquilamente? ¿Por qué

debemos de inmiscuirnos en los asuntos de los demás? ¿Por qué debemos

traicionarnos

unos a otros? ¿Por qué necesitamos demoler al prójimo? ¿Por qué discriminamos

los unos de los otros? ¿Por qué nos enojamos al grado de escupir de nuestros

propios labios las caricias de un insulto?



--- ¿Por qué?



¿Por qué somos seres humanos?



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