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Mayo 18, 2012,
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David Alberto Muñoz
Ellos son mejores que nosotros
Un cuento de adeveras



Había recogido a su esposa y a sus amigos en la esquina de la Avenida Chandler
y Arizona. Todos venían de trabajar. Habían pasado todo el día laborando
con sus cuerpos, haciendo cosas que el "master" no desea hacer. Se miraban
cansados pero contentos. Esa mirada de satisfacción que produce el darse
cuenta que estamos ganado el pan de cada día con nuestro propio esfuerzo.

A eso de las cinco de la tarde, Miguel decidió pararse en un Circle K, y
comprar unas cervezas para la reunión que tendría esa noche. Se dirigía
a su casa donde ya tenía planeado preparar una carne asada con unos chorizos,
que había comprado el día anterior en la carnicería que estaba a una cuadra
de su domicilio. Le gustaba mucho cocinar y tener gente en el patio de
atrás. Todos sus amigos estarían presentes.

Celebrarían el fin de semana muy a la gringa, y descansarían muy a gusto;
después de más de veinte años de vivir en una tierra a la cual ya se había
acoplado, no podía olvidar sus raíces, ni su idioma natal, que no era precisamente
el español, más bien era uno de tantos dialectos hablados en suelo mexicano.

Ese mismo día, había ido al banco a sacar el dinero que le daría a su hermano
para que él se lo llevara a sus padres que todavía vivían en México. Se
sentía tan orgulloso de poder enviar a su familia dos mil dólares. Lo hacía
con mucho gusto, con la jactancia aceptada dentro de los círculos sociales
de nuestra sociedad de principios de milenio, que nos dice:

--- Es bueno trabajar y darle dinero a los nuestros.

Su trabajo le costó.

Había trabajado como burro por muchos años no solamente para sostener a
su familia, sino también para ahorrar y lograr enviar esa cantidad a los
suyos en México.

Miguel era un hombre indígena que había llegado al país del Tío Sam con
la esperanza de salir de pobre. Sus rasgos representaban el rostro de un
hombre que no le temía al trabajo. Era alto, de piel morena, tenía el pelo
lacio y las facciones de un aristócrata indígena.

Entre risas y comentarios chuscos, todos anticipaban una velada agradable
después de una semana bastante pesada.

--- El cuate que me levantó esta semana nos hizo cargar un piano de esos
de cola.

--- ¿Cuál cola? ¿La suya compadre?

--- No sea usted payaso compadre.

--- No, yo nada más pregunto.

--- Miguel vas muy rápido---habló la esposa del susodicho.

--- Voy al Speed Limit mujer. ¿Qué no ver?

El sonido de una patrulla de policía se dejo escuchar. Por unos instantes,
cada una de las personas que viajaban en aquel automóvil, no escucharon
ni vieron las luces rojas, azules y amarrillas, destelladas por aquella
maquina que tenía como chofer a un hombre blanco, alto y fornido, con rostro
de ser miembro del KKK.

--- Mejor párase compadre. No vaya a ser el diablo.

Miguel se salió del freeway donde viajaba, y se detuvo en una estación de
gasolina rumbo al sur de la ciudad, donde por regla general vivían todos
los inmigrantes exiliados de este lado de la frontera.

--- No se apure compadre, tengo todo en regla, mi licencia, mi status legal,
mi seguro. No sé porque me detuvo el pinche gringo. No venía rápido.

Cuando el oficial vio al grupo. Todos se le antojaron ser un montón de
indocumentados ilegales. Sacó su pistola y la apuntó en dirección a Miguel.

--- What's appening ofrecer?---dijo Miguel casi de inmediato.

--- Get out and put your hands up!

Todos quedaron congelados. No podían entender que estaba sucediendo. Además,
no iban tomando, cuestión que en otras ocasiones quizás pudo haber sido
cierto; estaban simplemente saliendo de su trabajo rumbo a su hogar como
cualquier otra persona.

El policía mostrando ese gran temor existente dentro del gringo, esa paranoia,
espina dorsal de la cultura anglosajona, hizo que todos salieran del automóvil.
Separó a cada uno de los hombres, la mujer de Miguel fue jaloneada con
bastante fuerza, y cuando Miguel quiso protestar, se le golpeó con la pistola
en el lado derecho de su rostro.

Cuando el mentado policía esculcó al sospechoso, descubrió la cantidad de
dos mil dólares en sus bolsillos.

--- You ser pollero!

--- Ni madres cabrón, ese dinero lo gané con el sudor de mi frente.

--- Shut up!---dijo el oficial pateando a Miguel con bastante fuerza.

De inmediato pidió asistencia el oficial:

--- I need backup!

Tenía en sus manos de acuerdo con él, a un grupo de indocumentados que estaban
siendo contrabandeados dentro de esta santa tierra dada por el mismo Dios
blanco a sus herederos puritanos.

--- Don't move or I'll shoot!

--- ¿Miguel, qué vamos hacer?---expresó la esposa.

Miguel intentó hablar con el policía pero esto fue imposible. En su mente,
el esteriotipo de un ilegal representaba un criminal. Un coyote que estaba
ingresando dentro del país a personas sucias, sin educación, que además
traen su cultura con ellos.

Este es un país de libertad, libertad siempre y cuando estés de acuerdo
con el discurso oficial de un imperio en proceso de destrucción. Somos
una nación hundida en una falsedad que los mismos ciudadanos creen.

--- It?s their fault! They don?t respect the law. What are they doing
here? They are a bunch of criminals and they don?t respect the law!

Es curioso, cuantos hispanos trabajan día a día enriqueciendo esta nación.
El imperio rojo azul es un lugar paradójico, que nos ha dado tanto, pero
a la vez, nos ha puesto frente a una sociedad totalmente hipócrita, que
defiende los derechos humanos siempre y cuando estos derechos estén muy
lejos de nuestro territorio. Estamos liberando a Irak, y en nuestro propio
patio de atrás, discriminamos ante individuos que simplemente desean mejorar
sus condiciones de vida.

Ellos son mejores que nosotros. Y lo pero es que nosotros lo creemos.

David Alberto Muñoz, Ph.D.


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