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Columnistas
Se levantó como sintiendo un curioso presagio ocurrido generaciones anteriores.
Su cuerpo temblaba ya por inercia. Su respirar sonaba cansado, casi como una maquina intentado hacer el trabajo por la cual fue creada. Sus ojos descansaban en las miradas de todos aquellos seres que premeditadamente lo juzgaban sin antes saber por qué. Percibía el comunicar de un pecado, de algún error, de la culpa plasmada por la Santa Iglesia Católica Romana sobre toda la humanidad. Era un mentado desliz humano, lapso que lleva al hombre a ser lo que todos somos nos guste o no: animales adjetivados como racionales, pero condenados a vivir en medio de un total absurdo. Era viernes santo, el pueblo pretendía recordar la muerte del Nazareno. Paradójico personaje que después de más de dos mil años de su muerte, todavía ejerce influencia al menos en la mitad del planeta. Todos los locales negociaban de una forma u otra el despliegue de monedas verdes por quién sería de acuerdo con el cristianismo: el Mesías. Los bares servían sedientos de necesidad. Los restaurantes pretendían aliviar el hambre humana. Las iglesias se engrandecían en su propio discurso dogmático lleno de falsedades reales, verídicas, capaces de convencer aún al más escéptico. Eran puras mentiras dichas en momentos de debilidad, caricias compradas uno de tantos viernes por la noche. Cuando a la una de la mañana te dicen que ya es: "last call". El clima parecía estar excitado. Un curioso viento soplaba tímidamente mientras que los presentes fumaban el cigarro de una amistad creada después de más de diez años de conocerse. Las risas volaban como disparos de armas de fuego. Rozaban los cuerpos humanos hiriendo por medio de las miradas, los gestos, las pretensiones, los cansados momentos de una estúpida lucidez creada bajo el fuego de la nada. Nadie decía nada. Aún cuando las preguntas eran echas directamente, los protagonistas de aquella obra absurda, simplemente se movían deseando alcanzar su salida, su fin; el papel que representaban había sido dado a la incertidumbre, amante de la certeza, hija adoptiva de la verdad. Perpleja condición humana del no saber, del pretender vivir una vida no indagada, simplemente un soplo vacío de vocablos perdidos en el ritmo de la palabra dirigidos al gemido humano de la existencia. Todos estábamos ahí, callados por la fuerza de una nueva generación, por el intento de romper con los patrones establecidos, deseosos de alcanzar un poco de reconocimiento por los años que a veces llamados perdidos dentro del maquillaje imaginario de lo docto. Las conversaciones iban desde el anarquismo hasta el dogmatismo, alguna vez profesado por algún integrante del grupo, que por azares del destino o voluntad divina, se vio unido un viernes de semana santa, junto a un grupo de escritores, para presentar sus locas impresiones, sus vanas inquietudes, sus macabras conclusiones; dando lugar a sus anormales desenlaces. Un presagio santo descendía sobre aquel peculiar grupo. Un poeta, tres escritores, una feminista, un cantante, una mujer que enseñaba sus piernas lívidas por el tiempo. En medio de risas lanzadas por el gemir humano, todos, absolutamente todos, se columpiaban por el laberinto oscuro de un momento de placidez humana. Recordando lo que fue, lo que es, y lo que podemos llegar a ser. Mientras Jesucristo era sacrificado, individuos poseedores del regalo de la vida, hablaban, se reían, compartían el misterio de la compleja existencia humana. Llenos de la profecía escrita hace más de mil años, disertaban a boca abierta sobre sus sentimientos, sus deseos, sus ignorantes conclusiones de creer que un antiguo amigo les daría el espacio para presentar su trabajo artístico. Sin darse cuenta que en realidad, todo era una tonta broma. Al igual que piezas de ajedrez eran movidos por personas incapaces de entender que es lo que existe detrás de todas aquellas letras escritas por el ritmo de la palabra, sonido del sentido, saturado de las inconvenientes perspectivas del vivir, sin siquiera haberlo pedido. A media noche, se revolcaban entre caricias mal compradas, intenciones previstas y prejuzgadas; momentos llenos de la paradoja de un presagio santo, que en el año 2004, se revelaba como un ente que dice frente a frente: estoy pero no soy. Las manos jugaban con el cuerpo de una mujer que a cada momento se daba cuenta de su realidad. Sus pechos bien formados, su rostro bien maquillado, coqueteaban con las palabras expuestas aquella noche cuando se pronunció un presagio santo. --- Veras las fotografías de mi familia, entenderás mi común sentir. Mientras la profetiza del mal exigirá tu dinero a cambio de mi presencia, mis caricias, mi comprensible realidad que la doy no porque tengo, sino porque lo deseo. Todo fue un presagio santo, santidad del pecado, profetizado desde siempre, verdad convertida en mentira, farsa echa realidad ignorada por todos; te desplazaste en medio del fuego santo de un vaticinio que arribó sin llegar, el sonido de un trueno amenazante que no alcanzó a crecer. Fue simplemente la fuerza callada que mueve a todos los seres humanos. Tacos comprados a tempranas horas de la madrugada en medio de calles calladas e individuos incoherentes, salidos de un show de striptease a las dos de la mañana. Un presagio santo se dejo escuchar, pero nadie pudo entender. David Alberto Muñoz, Ph.D. Residential Faculty Philosophy & Religious Studies Chandler-Gilbert Community College Chandler, Arizona (480)732-7173 david.munoz@cgcmail.maricopa.edu
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