PRESENCIA
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Un cuento Recuerdo en cierta ocasión, iba con mi padre en nuestro automóvil. Un Marquis del año, era un coche inmenso que ocupaba todo el espacio que teníamos en la casa para estacionarlo; todos en la colonia nos envidiaban porque mi padre traía carros del otro lado. Cada año viajaba a Texas y regresaba con un coche nuevo, y además, con muchos regalos para mis hermanos, mi madre y yo. Me acuerdo que nos traía juguetes gringos, y nosotros como buenos niños de clase media popis, presumíamos con nuestros amigos de la cuadra. Por algún motivo, los juguetes mexicanos siempre se descomponían a las cuantas horas. Una navidad me regaló una autopista de carreras. Sirvió por una hora, y después, cada vez que deseaba jugar con ella, mi padre pasaba horas limpiándola con alcohol, moviendo cables e intentando hacerla trabajar, pero nada. Muchos de mis amigos me decían: --- ¡Eres un malinchista! Yo ni siquiera sabía que quería decir eso, yo simplemente decía lo que miraba, la puritita verdad. Aquel día él iba manejando apresuradamente con los ojos perdidos en la calle. Habíamos tenido visitas, más bien mi padre siempre tenía visitas, por regla general de negocios, aunque algunas veces eran también amistades. Se habían ido a una hora muy inconveniente. Teníamos un compromiso familiar. Era mi cumpleaños, cumplía quince años de edad. Una vez que los susodichos se despidieron, mi padre nos dijo a mi madre y a mí: --- ¡Vámonos! Nos subimos en el auto, mi padre decidió apretar el acelerador para llegar al lugar donde me habían prometido me llevarían. Muchas veces reflexioné: --- ¿En qué piensa mi padre? Lo miraba como a distancia cuando se quedaba callado; me intrigaba que ocurría en su mente. Cuando íbamos a la provincia le gustaba comprar litros de leche en alguna tiendita y beberla casi de un trago. Así aprendí a tomar las cosas, en grande, si voy hacer algo, lo hago, si no, mejor me quedo callado. Transitaba entre el periférico y el viaducto. Deslizándose por avenida Insurgentes y Reforma, pasando frente al ya desaparecido hotel Regis, la Alameda, llevándonos a mi madre y a mí, a un teatro que en esa época se llamaba Fru-Fru, pero que antes había tenido el nombre de Virginia ... |
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